Hoy ha sido un día memorable, por así decirlo.
Ya empiezo con mal pie, me toca madrugar para ir a mi
primera consulta con el ginecólogo. Una
vez estoy en el hospital, aparcar, es toda una odisea. No hay ningún sitio
decente, pero como voy tarde, me empeño en meterlo en el primer hueco, teniendo
que hacer mil maniobras para dejarlo igualmente en medio de la carretera.
Una vez dentro, me toca esperar nada menos que una hora, y
eso que llegaba 15 minutos tarde. Finalmente logro entrar pero no estoy dentro
ni 5 minutos. A pesar de que en principio me tocaba una ginecóloga, en la
consulta me encuentro a un médico joven, de unos 30 años. ¡Genial! Como si ya
no tuviese suficiente vergüenza con lo de bajarme las bragas.
Tras romper el volante en mis narices y preguntarme que a
qué iba, inició la entrevista con un tono bastante seco. Cuando llegamos a la
fecha de la última menstruación, me deja perpleja. Le digo, que estoy con la
regla y lo primero que me suelta es: “Pues así no podemos hacer nada. Vete.” ¡¿PERDÓN?!
Mira que eres borde, leñe.
La cosa no acaba ahí, la enfermera, me da una papel
citándome para dentro de 10 días, y cuando llego al mostrador para pedir nueva
cita, me toca enfrentarme a una nueva espera. Sin embargo, esta vez, el tiempo
se me pasa volando mientras admiro embobada el sexy caminar de uno de los
voluntarios de la cruz roja. Tanto es así, que por mirar a un chico guapo, casi
se me pasa el turno. Soy estúpida, lo sé… ¡Pero qué culito tenía!
Después, se me ocurre la genial idea de ir a comprar
tampones. En medio del centro comercial, me llama mi madre, pidiéndome que le
compre dos cajas de leche. Como en mi inteligencia, no se me pasó por la cabeza
coger un carrito, me tocó cargar con las cajas de tampones y las de leche en
precario equilibrio.¿Resultado? Las cajas de tampones desparramadas por el
suelo y yo con un cabreo monumental.
En esto, que miro a mi derecha y veo pasar a un chico joven,
de mi edad. Mira hacia el suelo, debatiéndose entre ayudarme o no. Alza la
cabeza, se pone rojo, se da media vuelta y huye, dejándome a mí con cara de “¿Qué
narices acaba de pasar?”. Me trago las ganas de gritarle “¡Gracias por tu
ayuda, majo!” y tras hacer malabarismo para llegar a caja y pagar, no puedo
sacarme de la cabeza la idea de que nunca seré capaz de comprender a los chicos
jóvenes.
¡Hombres! Perdón, ¡niñatos!
S.
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