viernes, 17 de mayo de 2013

Autobuses impuntuales y miradas perdidas.


No sé porqué tengo la sensación de que mi vida transcurre entre parada y parada. Levántate. Corre a coger el bus. Prácticas. Corre a coger el bus. Come. Corre a coger el bus. Clases. Corre a coger el bus. Duerme (y sí, tengo pesadillas en las que corro a coger el bus).

Es uno de esos días en los que tengo que abrir los párpados con ganzúa y aún así estoy tomando tensiones con los ojos en modo ahorro de energía, pero tengo la grandísima suerte de que no hay ninguna cama libre en la planta. Me conozco y habría sido capaz de agenciármela para una pequeña siesta. Mi día transcurre con relativa normalidad (salvando el momento en que el médico, para pedirme que le pasase unos papeles, decide cambiar mi nombre por un “Eh, tss tss”, al cual casi respondo con un “¿qué desea tomar el caballero?”).

De nuevo esperando por el bus (cosa rara en mí, ya lo sé), me encuentro hablando de cualquier chorrada con Trinity y Lexie, cuando esta última se pone muy rígida y me señala discretamente una persona mientras me susurra “que sepas que ese chico te está mirando”. Sigo la dirección de su dedo y mi corazón deja de latir momentáneamente. Veo a un chico alto y delgado, pelo oscuro y muy corto, con los ojos más negros que he visto en mi vida y unos enormes tatuajes en sus brazos.

El autobús llega impuntual como siempre, pero el trayecto no es como siempre. El corto trecho que separa ambas paradas se vuelve realmente incómodo. El chico y yo nos enzarzamos en una batalla de miradas que cada vez me va poniendo más nerviosa. Alzo la vista, alza la vista, bajo la vista, baja la vista, alzo la vista… ¡Señor, qué mareo!

Tras una breve comida, me hallo de nuevo en uno de los urbanos. Timbro cuando estamos cerca de mi parada, pero se ve que el busero estaba distraído y se la saltó. Cuando lo aviso, frena en seco, pero como ya se ha pasado unos cuantos metros y diluvia, el conductor decide que va a seguir hasta el final de la calle, para dar la vuelta a la rotonda y dejarme más cerca de mi destino, a pesar de que le repito que me da igual y que me deje bajarme ahí, pero él niega con la cabeza y sigue en sus trece.

Ni que decir tiene que estoy completamente avergonzada y roja como un tomate cuando me bajo. Yo, la que siempre blasfemo cuando un autobús llega tarde, acabo de provocar un retraso gigante en esa línea.
La tarde de clases finaliza y le hago un breve resumen de mi día a Danielle, la cual me comenta que ella también se ha fijado en que el chico ese lleva un par de días mirándome. En ese momento, a mi amiga se le ocurre una idea descabellada. Ella también ha tenido sendos cruces de miradas incómodas con unos chicos en la cafetería de la facultad y me reta: si yo saludo al chico del autobús, ella saluda a los chicos de cafetería. Su propuesta me deja completamente muda, y yo ahora, ¿qué hago?

S.

lunes, 18 de marzo de 2013

Señoras que... y campeonatos de azucarillo


La tarde comenzó como una de las muchas en las que Judit, Leire y yo pasábamos juntas: risas, risas y más risas. Sin embargo, tras nuestro pequeño paseo  en busca de Judit variamos nuestra rutina de lotería y tapas, por una merienda para celebrar su cumpleaños.

Nada más entrar en la cafetería ya presentía que algo iba a pasar. Primero, no encontrábamos un lugar donde sentarnos porque estaba toda llena de señoras mayores, claro que, como hacia mal tiempo fuera era normal. Cando por fin conseguimos encontrar una mesa vacía la  camarera tarda 10 minutos en darse cuenta de nuestra presencia, y para colmo al llegar a nuestro lado pregunta: “¿Ya os han atendido?”, lo que sería una pregunta normal si no tenemos en cuenta que en la mesa hay una botella de agua y una taza de café vacías; “si, si nos han atendido, pero nos gusta quedarnos en la mesa con la consumición del anterior para leer sus posos del café. “

Una vez que nos atendió, Judit le pidió otro azucarillo y fue en ese momento en el que conocimos a la primera representante española de la categoría de lanzamiento de azucarillo en las olimpíadas. Lo que sí puedo decir es que después de ver el lanzamiento de 5 metros con doble tirabuzón no hay competidor que pueda mejorarlo.

Cuando creíamos que nada más podía pasar y que el resto de la tarde sería normal, sucedió lo inimaginable. Pongámonos en situación, como dijimos antes la cafetería estaba  llena de señoras mayores, por lo cual era de esperar  que en la mesa de al lado hubiese un grupo de ellas. Como es normal, mientras nos tomábamos algo nos pusimos a hablar. Tras media hora de charla en la que poco a poco aumentábamos el volumen, ya que no conseguíamos escucharnos, oímos un “shhhh” y las tres nos quedamos calladas y mirándonos sorprendidas y volvemos a escuchar “shhh”. Nos giramos en dirección al sonido y vemos como las señoras nos miran con cara de indignación y nos dicen: “Hablad de una en una, ¿qué son esos gritos?” “Cómo se nota que son jóvenes”. ¡PERDÓN! Si ustedes estaban hablando igual de alto!!!

De regreso a casa, y después de todas nuestras aventuras, no pudimos más que acabar riéndonos, bueno como hacemos siempre que quedamos.
D.

viernes, 22 de febrero de 2013

¿Por qué a mí?


¿Por qué a  mí? Esta es la reflexión a un día en el cual me pasó de todo menos algo normal.

Para comenzar descubrir que cuando Selene viene conmigo en el bus, no me encuentro con cierta gente, que si ella no viene va en el bus. Decir que esto es un plus añadido a la agradable compañía de Selene, no hace falta decir que juntarnos a las dos a las 7 de la mañana con efecto de privación del sueño, es algo peligroso. Lo único que puede pasar es que nos encuentres en los vestuarios en vez de cambiarnos, bailando el Gangnam Style, pero nada más.

Después del pequeño inciso y a los cinco minutos de llegar a la planta en la cual estoy de prácticas, Psiquiatría, que se vaya la luz todos con cara de ¿qué narices está pasando? Y lo mejor de todo es que las puertas están preparadas para que se cierren en caso de emergencia y cuando se vaya la luz. Así que, una enfermera que se encontraba justo en el pasillo, vio a uno de los pacientes y justo mientras la puerta se cerraba le iba indicando que no se preocupara que en cinco segundos le abriría otra vez la puerta.

A todo esto yo me encontraba en medio del control, con una cara entre felicidad y no sé qué pasa ¿no hemos vuelto todos locos? A mayores la medicación se reparte vía informática, a consecuencia del microapagón el ordenador se reinició y no pudimos repartirla hasta una hora después de lo que se hace normalmente (cosas de las nuevas tecnologías, tan buenas para unas cosas y tan malas para otras).

Además de todas estas incidencias, descubrir que hay gente que tiene cambios de humor, cada cinco segundos toca la moral, encima si los tienes que aguantar durante toda una mañana entera. Te lo digo por propia experiencia no sabes, si tienes tu el problema o lo tienen los demás y con mi propia experiencia a veces me confundo, cosas de ser una persona peculiar.

Después de una mañana tan completita, ¡cómo no! la tarde no es mucho mejor.  Tener que exponerle un trabajo a tu profesor en grupo y que no oigas a la representante de tu grupo, ni al profesor y que este se te quede mirando con cara de risa y felicidad y te pregunte ¿no has oído nada, verdad? Y tu contestarle un no y por dentro sentirte tontita.

Pero lo mejor es el remedio para compensar este día de desavenencias. Quedar con Selene, Danielle,  Janet,  Astrid y Lexie para tomar un coffee y desconectar de todo.

T.

lunes, 11 de febrero de 2013

Glucemias, tensiones y tostadas ignífugas.

¿A que te suenan las palabras glucemias y tensiones? A alguien normal, a estudio de salud; a un estudiante de enfermería en prácticas, a tortura medieval. Por eso, cuando ves que tu día se va a resumir en eso, tomar glucemias y tensiones, sabes que va a ser un muy mal día.

Mi sufrimiento se inicia al llegar a planta y encontrarme con la típica enfermera mayor que pretende ir de joven y "enrollada" (o eso dice ella), para que tras una sonrisilla falsa me suelte un: "¿Me vas tomando las tensiones, pitiño?". Parece  ser que al empezar las prácticas firmé un contrato donde pone a tamaño gigante: TOMARÁS TODAS LAS TENSIONES DE PLANTA!!, por eso las demás dieron por hecho que así lo haría.

Como parte de un oscuro complot el chisme de la tensión decide quedarse sin batería. En esto, que comienzo a forcejear con el enchufe y escucho un ruido atronador. "Ya está, por fin me he cargado el hospital" pienso. Pero nada más lejos de la realidad. Estaban trayendo el carro de los desayunos. Recuerdo aquí el punto dos de mi contrato no firmado: TOMARÁS TAMBIÉN LAS GLUCEMIAS!!, iniciando así una carrera de obstáculos, saltando sillas de ruedas, adelantando carros de curas y zigzagueando entre pacientes para ganarle la carrera a los desayunos y poder hacer las glucemias a tiempo.

Con el trabajo terminado, decido que me merezco un buen descanso, por eso me voy a buscar a Danielle, Lexie y Selene para nuestro habitual desayuno de media mañana. Tras una cola interminable, donde la señora que nos atendió estaba más amargada que un café sin azúcar, logro pagar mi tan ansiada (y merecida) tostada.

La introduzco en la máquina infernal, y Selene aprovecha mi turno en la cola para meter la suya. Después de un tiempo prudencial, las tostadas de mi amiga salen a la luz, mientras que la mía (que por cierto, había metido primero) continúa desaparecida. Se me ocurre la genial idea de investigar su paradero, y ¿qué me encuentro? Mi tostada atravesada en medio de la máquina comenzando a arder.

Rápidamente la saco con las pinzas y la golpeo con éstas para tratar de apagar el mini-incendio ante las atónitas miradas del resto de los clientes. Por supuesto, me giro y les suelto con naturalidad un: "¿Qué pasa? Me gustan muy tostadas."

A.