La tarde comenzó como una de las muchas en las que Judit, Leire
y yo pasábamos juntas: risas, risas y más risas. Sin embargo, tras nuestro
pequeño paseo en busca de Judit variamos
nuestra rutina de lotería y tapas, por una merienda para celebrar su cumpleaños.
Nada más entrar en la cafetería ya presentía que algo iba a
pasar. Primero, no encontrábamos un lugar donde sentarnos porque estaba toda
llena de señoras mayores, claro que, como hacia mal tiempo fuera era normal.
Cando por fin conseguimos encontrar una mesa vacía la camarera tarda 10 minutos en darse cuenta de
nuestra presencia, y para colmo al llegar a nuestro lado pregunta: “¿Ya os han
atendido?”, lo que sería una pregunta normal si no tenemos en cuenta que en la
mesa hay una botella de agua y una taza de café vacías; “si, si nos han
atendido, pero nos gusta quedarnos en la mesa con la consumición del anterior
para leer sus posos del café. “
Una vez que nos atendió, Judit le pidió otro azucarillo y
fue en ese momento en el que conocimos a la primera representante española de
la categoría de lanzamiento de azucarillo en las olimpíadas. Lo que sí puedo
decir es que después de ver el lanzamiento de 5 metros con doble tirabuzón no
hay competidor que pueda mejorarlo.
Cuando creíamos que nada más podía pasar y que el resto de
la tarde sería normal, sucedió lo inimaginable. Pongámonos en situación, como
dijimos antes la cafetería estaba llena
de señoras mayores, por lo cual era de esperar
que en la mesa de al lado hubiese un grupo de ellas. Como es normal,
mientras nos tomábamos algo nos pusimos a hablar. Tras media hora de charla en
la que poco a poco aumentábamos el volumen, ya que no conseguíamos escucharnos,
oímos un “shhhh” y las tres nos quedamos calladas y mirándonos sorprendidas y
volvemos a escuchar “shhh”. Nos giramos en dirección al sonido y vemos como las
señoras nos miran con cara de indignación y nos dicen: “Hablad de una en una, ¿qué
son esos gritos?” “Cómo se nota que son jóvenes”. ¡PERDÓN! Si ustedes estaban
hablando igual de alto!!!
De regreso a casa, y después de todas nuestras aventuras, no
pudimos más que acabar riéndonos, bueno como hacemos siempre que quedamos.
D.
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