No sé porqué tengo la sensación de que mi vida transcurre entre
parada y parada. Levántate. Corre a coger el bus. Prácticas. Corre a coger el
bus. Come. Corre a coger el bus. Clases. Corre a coger el bus. Duerme (y sí, tengo
pesadillas en las que corro a coger el bus).
Es uno de esos días en los que tengo que abrir los párpados
con ganzúa y aún así estoy tomando tensiones con los ojos en modo ahorro de
energía, pero tengo la grandísima suerte de que no hay ninguna cama libre en la
planta. Me conozco y habría sido capaz de agenciármela para una pequeña siesta.
Mi día transcurre con relativa normalidad (salvando el momento en que el
médico, para pedirme que le pasase unos papeles, decide cambiar mi nombre por
un “Eh, tss tss”, al cual casi respondo con un
“¿qué desea tomar el caballero?”).
De nuevo esperando por el bus (cosa rara en mí, ya lo sé),
me encuentro hablando de cualquier chorrada con Trinity y Lexie, cuando esta
última se pone muy rígida y me señala discretamente una persona mientras me
susurra “que sepas que ese chico te está mirando”. Sigo la dirección de su dedo
y mi corazón deja de latir momentáneamente. Veo a un chico alto y delgado, pelo
oscuro y muy corto, con los ojos más negros que he visto en mi vida y unos
enormes tatuajes en sus brazos.
El autobús llega impuntual como siempre, pero el trayecto no
es como siempre. El corto trecho que separa ambas paradas se vuelve realmente
incómodo. El chico y yo nos enzarzamos en una batalla de miradas que cada vez
me va poniendo más nerviosa. Alzo la vista, alza la vista, bajo la vista, baja
la vista, alzo la vista… ¡Señor, qué mareo!
Tras una breve comida, me hallo de nuevo en uno de los
urbanos. Timbro cuando estamos cerca de mi parada, pero se ve que el busero
estaba distraído y se la saltó. Cuando lo aviso, frena en seco, pero como ya se
ha pasado unos cuantos metros y diluvia, el conductor decide que va a seguir
hasta el final de la calle, para dar la vuelta a la rotonda y dejarme más cerca
de mi destino, a pesar de que le repito que me da igual y que me deje bajarme
ahí, pero él niega con la cabeza y sigue en sus trece.
Ni que decir tiene que estoy completamente avergonzada y
roja como un tomate cuando me bajo. Yo, la que siempre blasfemo cuando un
autobús llega tarde, acabo de provocar un retraso gigante en esa línea.
La tarde de clases finaliza y le hago un breve resumen de mi
día a Danielle, la cual me comenta que ella también se ha fijado en que el
chico ese lleva un par de días mirándome. En ese momento, a mi amiga se le
ocurre una idea descabellada. Ella también ha tenido sendos cruces de miradas
incómodas con unos chicos en la cafetería de la facultad y me reta: si yo
saludo al chico del autobús, ella saluda a los chicos de cafetería. Su
propuesta me deja completamente muda, y yo ahora, ¿qué hago?
S.
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